Estamos a punto de acabar Noviembre de 2016, y durante este mes se ha celebrado #Dinovember, excusa para que todos los aficionados a todo aquello relacionado con los dinosaurios le dediquen un rato a su afición en las redes. Con lo cual, me siento hasta mal por no haberme sentado a escribir esto. Así que, sin más preámbulos, vayamos al grano, que se me acaba el mes así a lo tonto.

Quien ronde por aquí, conocerá de algo al Tyrannosaurus rex, el más mediático y popular de los dinosaurios. Y si no, lo lamento: has pasado toda tu vida sin apreciar a la más humilde criatura de Dios.
Hubo dos revelaciones muy importantes alrededor del Tyrannosaurus rex durante los primeros años en los que el ser humano tuvo conocimiento de la existencia de este animal, tras su descubrimiento por parte de Henry Farfield Osborn y Barnum Brown en 1902. La primera, y esta salta a la vista, es que era un **to bicho de la ***tia, **der.

Algo más de doce metros de largo y ocho toneladas de peso, enormes dientes, poderosas mandíbulas y un semblante indudablemente amenazador convertían a este carnívoro norteamericano de finales del Cretácico (y puede que asiático, aún no está muy claro) en una especie de Terminator prehistórico que cautivaba la imaginación y el temor de científicos, cineastas, espectadores e historietistas. No es solo que se tratara de un dinosaurio que tuvo suerte de tener un nombre con gancho, “irresistible de pronunciar”, como dijo Robert T. Bakker: la fuerza visual de este animal es apreciable tanto en sus reconstrucciones artísticas más antiguas y desfasadas

Charles R. Knight, “oldie but goldie“.

…como en las más recientes y fieles a las investigaciones actuales de los paleontólogos.

Aún hay quien dice que la ciencia ha arruinado a los dinosaurios.

La segunda revelación sobre los tiranosaurios, sin embargo, dejaba claro que no todo era un lecho de rosas para la imagen pública de estos animales. Hay algo en el T.rex que lleva generando carcajadas, chistes, tiras cómicas y memes desde tiempos inmemoriales, pese a lo aterrador de sus mandíbulas, lo imponente de su tamaño y lo mucho que mola su nombre. Y me refiero, por supuesto, a sus pequeños y enclenques bracitos, coronados con manos didáctilas igualmente atrofiadas.

Los primeros restos de T.rex encontrados no incluían fósiles pertenecientes a los brazos. Por esto, hasta bien entrado el siglo XX, los ejemplares expuestos en los museos lucían unos brazos de proporciones similares a las de otros dinosaurios carnívoros más estudiados por los científicos de aquel entonces, como el popular Allosaurus. No fue hasta que en 1914, comparando los restos de Tyrannosaurus rex con los de especies más evidentemente emparentadas como el Albertosaurus, Lawrence Lambe descubrió algo que tiempo después respaldaron los propios fósiles de T.rex: el carnívoro terrestre más temible de la historia natural… no podía rascarse la nariz. Por supuesto, esto tiene una serie de posibles razones científicas. Descendientes de carnívoros de pequeño tamaño, los tiranosaurinos primero y posteriormente los tiranosáuridos eran animales de brazos cada vez más pequeños y mandíbulas y cuello progresivamente más robustos y fuertes conforme se avanza en el registro fósil. Lo cual no sólo da a entender que estos animales no tuvieran necesidad de usar sus brazos para cazar o pelear entre ellos: dadas las evidencias de comportamientos hostiles e incluso canibalismo entre T.rex encontradas, uno no puede evitar pensar que sería peligroso tener unos brazos prominentes, a riesgo de que estos resultaran heridos durante una trifulca. Unos brazos menudos tienen muchas menos posibilidades de recibir heridas, que derivarían en infecciones, enfermedades y demás peligros poco convenientes en un mundo sin personal veterinario. Realmente, son todo ventajas. A no ser, claro, que seas víctima de una de las más implacables armas creadas por la especie humana: el humor.

Sin embargo, cuando penséis que las cosas van mal, despreocupad: siempre puede haber alguien que lo esté pasando peor. En este caso, se trata de un grupo de dinosaurios terópodos, es decir, carnívoros de locomoción bípeda como los tiranosáuridos (pero sin parentesco con los mismos), llamado abelisáuridos, habituales en el hemisferio sur desde finales del Jurásico hasta la gran extinción del final del Mesozoico.

Pareja de Rugops

No hablamos de unos dinosaurios especialmente grandes (exceptuando algunos hallazgos recientes que señalan la existencia de abelisáuridos con un rango de tamaño superior a los once metros de largo y cinco toneladas de peso), ni excesivamente populares en los medios de comunicación, por mucho que una pareja de Carnotaurus con un grave caso de gigantismo hollywoodiense le hiciera la vida imposible a los protagonistas de la película Dinosaurio. Pero, por favor, mirad qué bracitos solía lucir esta familia de dinosaurios.

No, en serio. Miradlos bien.

El pobre Carnotaurus NI SIQUIERA TENÍA CODOS.

Cazadores de tamaño habitualmente medio y muy veloces, los abelisáuridos tienen muchas papeletas para haber sido mayormente matones de mandíbulas no demasiado fuertes pero pies ligeros y piel gruesa, especializados en presas ágiles y de menor tamaño que ellos, y que muy probablemente incluyeran crías de otros dinosaurios en su dieta. No es que fueran dinosaurios con los que alguien se atrevería a bromear cara a cara, por supuesto. Sin embargo, la gente no recuerda a dinosaurios como el Aucasaurus, por mucho que les choque la ridícula proporción de sus muñones brazos en contraste con lo belicoso de su apariencia, más atrofiados si cabe que los de los famosos tiranos. Qué va. La multitud no se acuerda de cuando tropezaste por la calle el otro día cuando eres un mindundi, pero si estas bajo los focos, prepárate para ser definido por tus aparentes fallos tanto como por tus logros.