No lo encontraréis en ningún atlas divulgativo o documental: el Rhedosaurus es una especie de reptil prehistórico ficticio (podéis llamarlo dinosaurio si queréis, no pienso ponerme pejiguero) de gran tamaño, creado expresamente para la película de 1953 The Beast from 20.000 Fathoms, titulada en España El Monstruo de Tiempos Remotos. Tras despertar de su letargo de millones de años en el Ártico a causa de unas pruebas nucleares que se están realizando en la zona, el inmenso saurio comienza a dirigirse poco a poco a Manhattan, lugar donde su especie anidaba durante tiempos más sencillos. Allí, como está estipulado por los convenios del subgénero cinematográfico de “bicharracos en la ciudad”, causará el caos y sorprenderá un par de veces a las fuerzas armadas que lo intentan detener (en la tradición del “¡…esa cosa tiene parte de raptor!“) y traerá de cabeza a los científicos de turno, para acabar muriendo agónicamente como todo buen titán antediluviano al cruzarse con el ser humano, en una brillante secuencia en la que el equipo de especialistas liderado por Ray Harryhausen hace que la criatura plante cara al ejército en Coney Island. Por estas y unas cuantas razones más, esta es una de mis películas favoritas de esta temática, y también una de las más influyentes, no por nada fue la principal inspiración de Ishiro Honda a la hora de plantear nada menos que a Godzilla, y que marcó el destino de Eugene Lourie como director, encargándose posteriormente de Behemoth y Gorgo, siendo el primero un autoplagio y el segundo una versión british de Godzilla (lo cual, en cierto modo, se podría considerar un autoplagio indirecto), con trajesaurio de goma incluído de cara a los efectos especiales.

Entre las razones menos convencionales por las que me fascina esta película, se encuentra cierta condición de la misma impostada por capricho del estudio: durante la producción de la película, se tomó la decisión de convertirla en una adaptación del relato corto The Fog Horn de Ray Bradbury, que podéis leer en inglés aquí. En este, un gigantesco reptil marino prehistórico acudía año tras año a la llamada de un faro en la costa, habiéndolo confundido con la llamada de otro miembro de su especie. Al final, debido a ciertas circunstancias, destruía el faro, y los protagonistas del relato se preguntaban si la criatura volvería a surgir de las profundidades alguna vez, dado que ya no tenía razón alguna para hacerlo. El Monstruo de Tiempos Remotos básicamente convirtió The Fog Horn en una escena de su nudo, justo a mitad del metraje de la cinta. Perdiendo el contexto de sus protagonistas, un hombre mayor que había visto a la criatura acercarse al faro y un nuevo empleado del mismo al que este le contaba sus batallitas, el relato pasó a ser una escena más de cara a construir suspense alrededor de la inminente llegada del enorme reptil a la población, mostrando su poder destructivo al derribar el faro como si fuera de cartón. Pero en el relato de Bradbury hay mucho más. Y digo esto sin un ápice de desdén hacia la película, dado que creo que cumple de maravilla con lo que quiere ser y que cuenta con el handicap de convertirse en una adaptación de otra obra a mitad de su propio proceso creativo.

Ilustración de The Fog Horn por Yukiko Suzuki.
Ilustración de The Fog Horn por Yukiko Suzuki.

En The Fog Horn, los protagonistas hablan sobre la soledad del reptil prehistórico en términos en cierto modo humanos. Hablan del amor, soledad, frustración y consecuente rabia que pueda sentir. Rara vez se aplica un matiz humano a los habitualmente fríos reptiles en este tipo de obras, mucho menos en una de los años 50. Aquí, sin embargo, el reptil es considerado por el viejo trabajador del faro como una víctima. Una víctima del paso del tiempo. Una víctima de la confusión generada por un mundo que no es el suyo, y que dejó de serlo hace mucho tiempo. Una víctima de la necesidad que tienen los suyos de no morir sin haber gozado de la compañía de un igual. El que acabó siendo el poderoso Rhedosaurus, figura histórica de la dinomanía y ejemplo para todos los grandullones del Mesozoico que en adelante quisieron conquistar el celuloide a base de liarla parda en grandes ciudades, no era más que alguien que, en el fondo, solo quería compañía, y que ante la imposibilidad de lograrlo, destruyó aquello que parecía mitigar su soledad, acabando de paso con toda posibilidad de sentir un atisbo de esperanza de nuevo a través de una voz que creía reconocer, y dejando a los pocos que creían conocerle desconcertados, probablemente de por vida. Bajo el ruido y la furia, bajo la sangre venenosa y las gargantuescas mandíbulas, no había más que un estúpido monstruo antediluviano que quería dejar de estar solo.