Llevamos, sin contar con la recién estrenada Logan, nueve películas sobre la Patrulla X, seis de ellas de protagonismo coral y cuatro protagonizadas por personajes en solitario. Y el bueno de Lobezno técnicamente es el protagonista de cuatro de las cintas grupales, y dos de las individuales. Seis películas dedicadas en mayor o menor medida a Lobezno. Cansino, a mi parecer. No me malinterpretéis, me gusta Hugh Jackman en este papel, lo ha hecho tan suyo como Downey Jr a Iron Man o Christopher Reeve a Superman. Pero por una parte, nunca me pareció la mejor idea posible convertir al personaje de Lobezno en el foco de una franquicia grupal cuando su gracia en la misma precisamente era ser un secundario misterioso, huraño y carismático; y por otra, no creo que se le haya terminado de sacar jugo al personaje más allá de la investigación sobre su pasado y su faceta como héroe de acción palomitera. Y sobre sus cintas como Lobezno en solitario, pues a ver, X-Men Orígenes Lobezno, dirigida por Gavin Hood, me resulta un absoluto desastre en el que no me interesa invertir tiempo, y Lobezno Inmortal, de James Mangold (quien también está al mando de Logan), un intento bienintencionado que peca de querer caer bien a todo el mundo por una parte y de querer ser “de autor” por otra. Con todo, un paso en la buena dirección, teniendo en cuenta el precedente.

Ahora, con Logan recién estrenada, podemos hablar de la décima película mutante, y la séptima con Lobezno como foco de atención. Un número redondo y otro de la suerte. No es que un servidor sea especialmente supersticioso, pero caray, qué casualidad. Ha tenido que ser Logan la que de verdad ha dado en el clavo conmigo (y a poco que os deis una vuelta por la red, con la gran mayoría de crítica y público), la que realmente me ha hecho sentir emociones de lo más variadas a lo largo de su metraje, y la que en general más inspiradora me ha resultado. Hugh Jackman se ha despedido del personaje con una carta de amor no solo hacia su pasado y sus batallitas previas como esta versión del personaje, sino al futuro para el que allana el camino. Y no hablo de hacer franquicia precisamente, aunque curiosamente Logan deja una puerta abierta que dudo que FOX se atreva a cruzar. Espero equivocarme.

Logan a mis ojos es una historia sobre redimirse y perdonarse a uno mismo, y aceptar la esperanza que podamos transmitir los demás, o la que nos transmitan a nosotros, y superar a nuestros demonios del pasado. Durante las algo más de dos horas que dura hay multitud de desmembramientos, secuencias de acción, persecuciones, volteretas y disparos, pero eso no priva a la película ni de tener corazón ni de recordarnos que lo tenemos. Todos tenemos algún familiar a quien estamos viendo decaer día a día, como Logan ve al ya anciano Charles Xavier. Todos sentimos de vez en cuando haber decepcionado a los demás, o al menos no haber cumplido con aquello para lo que creían que estábamos destinados, como Logan siente que le falló al mundo por no ser el gran héroe que idealizaron en sus cabezas. Y por supuesto, a cualquiera se le hincha el pecho cada vez que, de la forma que sea, ayuda a alguien en apuros de cualquier forma, porque a fin de cuentas es una de las cosas que nos hace humanos: que podemos sentir y entender los problemas ajenos como nuestros, y podemos llegar a luchar contra ellos como si así lo fueran. Logan es una película de la que creo que se puede rascar a nivel temático y humano, y si bien eso es algo que realmente se puede hacer con casi cualquier obra de ficción, salta a la vista que en este caso estamos ante una película destinada a convertirse en un clásico del género de superhéroes, en una de esas que cambian para bien la forma de hacer y entender estas películas, e incluso los tebeos de los que proceden.

O no.

A ver, remontémonos a hace casi una década. El Caballero Oscuro lo cambió todo en cierta medida. Lo sé, lo sabéis, lo sabemos. A nivel estético y argumental, gran parte del público y productores actuales decidieron que las películas de superhéroes debían ser así. “Realistas”, “serias”, “adultas”. Que los cómics eran para niños, y que los adultos merecían versiones supuestamente para ellos de personajes que llevan casi un siglo entre nosotros, que Los Vengadores era desdeñable porque entusiasmaba a los niños pequeños, que Batman era la buena mierda porque las iteracciones actuales eran “pa’ mayores”, que más violencia y sangre implican más madurez, que los superpoderes tenían que implicar por narices transformaciones grotescas cercanas al imaginario de Cronenberg o diseños y secuencias de acción sin gracia ni color alguno. Que si algo gustaba a los niños y no se avergonzaba de tenerlos como objetivo a nivel de consumo, era digno de ser tratado como si de escoria cultural fuera. Chorradas como templos todas ellas, a mi parecer. Los Vengadores gustó también a señores de cincuenta años, la mejor iteracción de Batman fue una serie animada para todos los públicos por mucho que haya a quien le duela, Spider-Man siempre funciona mejor en pantalla cuando su traje se traslada de forma literal, y la violencia en muchos casos puede ser más pueril que una trama simple de buenos y malos.  Y os preguntaréis, ¿a qué viene todo esto? Tranquis, que voy a ello. Y dejad de mirarme así, que a mi me mola El Caballero Oscuro.

En Logan, que se ambienta en algún punto del futuro de las películas de los mutantes, las hazañas de los estudiantes de Charles Xavier fueron convertidas en cómics para críos. Sin entrar en spoilers, Logan al verlos los trata con absoluto desprecio en todo momento. Bajo una primera lectura, esto podría transmitir que los responsables de la película rechazan las historietas en las que nacieron los personajes con los que ahora están pagándose las facturas y los garbanzos. Que consideran que un subproducto destinado a que la chavalada pase el rato es indigno de ser asociado con gente con los pies en el suelo. Pero conforme la película avanza, dichos cómics representan mucho más. Esas andanzas pasadas de héroes que ya no quieren serlo simbolizan literal y figuradamente la esperanza y el futuro para toda una nueva generación de personas a lo largo de la trama. Personas que ven la luz tras toda una vida de nubarrones en unas páginas de tebeo protagonizadas por gente vestida de lycra amarilla. Logan, pese a no ser para todos los públicos (aunque las ocho niñas que había sentadas delante de mi en la sala de cine indican lo contrario), pese a ser violenta, triste, de estética nada vistosa y con apenas unos minutos de superpoderes en pantalla que no sean garras y factor de curación, sabe transmitir auténtico amor por sus raíces originales y su público original mediante ese simple gesto: hacer de los cómics un símbolo de esperanza en todos los sentidos.

Sin embargo, a mucha gente se la sudará todo esto. Pensarán que la película es buena por ser violenta, cruda y triste. Y estarán en su legítimo derecho de así pensarlo, por supuesto. Pero a la larga, esta mentalidad podría rondar de nuevo la cabeza de los productores y jefazos de los estudios de cine. “¡Haced más películas como Logan!”, dirán. Y harán películas violentas, crudas y tristes sobre conceptos y personajes que no deberían serlo necesariamente, de la misma forma que todos los editores que en los 90 malinterpretaron Watchmen y convirtieron aquella década en un pozo negro para el género de superhéroes. Y habrá una parte del público que apoyará todo esto, de nuevo, en su legítimo derecho. Y eso me entristece. Porque para mí la gracia de Logan no está solo en que Lobezno y la pequeña X-23 mutilen a muchas personas, en que el lenguaje soez forme parte natural de los diálogos, o en que en los personajes vistan con ropa corriente. La gracia que le veo a Logan como película es que, casi metatextualmente, sabe de dónde viene, y ha aprendido a ser lo que es sin avergonzarse de ello, reconciliándose con su pasado y enfrentando a sus demonios, bien reflejados mediante un aspecto de la película que mejor deberíais ver por vuestra cuenta. Los pecados de Logan no son sus mallas de color chillón, sino un pasado cinematográfico que no está a la altura de sus hazañas en papel, del cual se redime mandando una carta de amor a los cómics de los que procede y que a tanta gente han ayudado, ayudan y ayudarán a sacar fuerzas de flaqueza y afrontar un día más en cientos de lugares del mundo.