Hay trilogías cinematográficas que surgen tras gran planificación, y con los riesgos asumidos desde el principio (o casi) por parte de los implicados tras las cámaras, como vendría a ser el caso de El Señor de los Anillos o Regreso al Futuro. Historias cuyos responsables saben desde el principio -o casi- cómo van a acabar, con variaciones menores entre el planteamiento inicial y el resultado final. Luego hay trilogías con algo más de margen de improvisación, como las entregas originales de Star Wars, cuya historia a lo largo de las tres películas está plagada tanto de ideas preestablecidas como de improvisación total. Y no olvidemos que hay trilogías, como la Trilogía del Cornetto de Edgar Wright, la del Apocalipsis de John Carpenter o la futurista de Paul Verhoeven, cuya conexión es estilística o temática y no argumental (incluso con los mismos actores repitiendo en diferentes papeles), amén de contar con prácticamente los mismos equipos tras las cámaras. Están también las trilogías improvisadas, cuyo máximo exponente me atrevería a decir que es Alien. Tres entregas, cada una con un director y un equipo diferente tras las cámaras, siendo cada película fruto de continuos vaivenes creativos que daban lugar a secuelas directas que sin embargo contaban con una planificación previa nula como historia, más derivadas del interés de los productores en mantener viva la marca que la pura creatividad.

 Ahora, hay otro tipo de trilogías. Las que surgen por una conexión involuntaria, jamás planificada, pero que hila irremediablemente tres películas gracias a un elemento en común que una vez hace acto de presencia tanto en pantalla como en la mente del espectador, jamás podrá salir de ella. Una trilogía que solo es tal a ojos de un determinado espectador.

 En este caso particular, hablamos de Alien 3, Dragonheart y El Mundo Perdido: Jurassic Park. Hablamos de la que cariñosamente bauticé como la Trilogía del Fraile.

 Os preguntaréis qué tienen en común esas tres películas, aparte de ser tres cintas de los años 90 que, pese a pasar algo desapercibidas en algunos casos o considerarse decepciones en su momento en otros, a posteriori conseguieron cierto público de culto por X o por Y. Entre la gente más avispada que esté leyendo esta entrada, o en su defecto, quienes se hayan animado a pasar un rato en Wikipedia, habrá quien haya dicho en voz alta: “Claro, ¡Pete Postlethwaite!“. Bueno, pues… sí y no. Sí, porque esa es parte de la conexión que convierte esas tres películas en una trilogía. No, porque aún falta un detalle importante. En las tres películas, el personaje al que interpreta Postlethwaite tiene relación, directa o indirecta, con los frailes. Entremos en materia.

 Alien 3 es la favorita de poquísima gente dentro de la franquicia Alien. Y de por sí es muy raro encontrar gente que la disfrute. Una campaña publicitaria errada, un rodaje desastroso en el cual el pobre David Fincher tuvo que tratar con un equipo que le menospreció a más no poder, y una premisa que pese a tener potencial propio, es una bajada de nivel con respecto al crescendo de las dos entregas previas. A mi me gusta mucho esta película (más si hablamos del montaje especial de 2003, que vuelve innecesario el que estrenó Fox en 1992), aún a sabiendas de que es el eslabón débil de la trilogía original. Atmósfera, interpretaciones, enfoque, metáforas religiosas sutiles y no tan sutiles, violencia explícita, la mejor banda sonora de la saga… y Pete Postlethwaite.

 No es que el personaje de Postlethwaite haga gran cosa en la película. David es un recluso en el planeta prisión Fiorina 161, cuyo destino queda sellado tras la llegada de Ripley con un polizón baboso de regalo. Se cuenta entre los miembros más tranquilos y con menos malicia apreciable de la penitenciaría, leal a Dillon y tan valiente como el que más, dadas las enervantes circunstancias que le rodean. Y técnicamente, es un fraile.
Para explicar esto, retrocedamos unos años, antes del estreno de Alien 3. Entre los vaivenes creativos que sufrió la película antes de la llegada de Fincher al proyecto, uno de los guiones que más cerca estuvieron de convertirse en película fue el de Vincent Ward, que contemplaba la llegada de Ripley a un planeta-monasterio hecho de estructuras colosales de madera, habitado exclusivamente por frailes tecnófobos. Si bien esta idea quedó descartada superficialmente, muchos aspectos de la misma acabaron en la película: la devoción religiosa de los habitantes de la prisión, la sensación de angustia y aislamiento de Ripley al verse en un entorno en el que es la única mujer, la falta de recursos disponibles en el escenario, el inminente nacimiento de una Reina Alien como cuenta atrás… Todo esto nos indica que, en algún momento de la evolución del proyecto, David comenzó su existencia siendo, básicamente, un fraile. Y la acabó como un presidiario de cabeza afeitada y seguidor de una especie de culto cristiano en un lugar privado de muchos de los avances tecnológicos correspondientes a su contexto ficticio. David es, en esencia, un fraile futurista.

 La segunda entrega de la Trilogía del Fraile llegó en 1996 con el estreno de Dragonheart en cines. Esta cinta de espada y brujería para toda la familia, dirigida por Rob Cohen, contemplaba las andanzas y aventuras contra el malvado Rey Einon del caballero Bowen, el dragón Draco, la revolucionaria Kara… y el bueno de Fray Gilberto, interpretado por, cómo no, Pete Postlethwaite.
No es ningún secreto para quien me conozca que Dragonheart es una de mis películas favoritas. Aún a conciencia de que su recepción crítica fue algo fría, más allá de las obvias alabanzas al trabajazo de Industrial Light & Magic con el dragón protagonista, me es imposible pensar que el cariño que tengo a esta película sea mero factor nostalgia. Tras casi una década sin verla, decidí repasarla de nuevo, para ver qué tal había envejecido, y qué nuevos pensamientos le generaba al Juanan de 2017 en contraste al de 1997. Y lo que encontré fue una historia atractiva que prácticamente no echa el freno, llena de drama, humor y acción, una banda sonora impresionante (el trabajo de Randy Edelman ha sido utilizado hasta la saciedad en eventos deportivos y tráilers), un trabajo visual que a día de hoy sigue resultando impresionante en muchos aspectos, y una caterva de personajes que por X o por Y me resultan estupendos en casi todos los sentidos. Entre ellos Fray Gilberto.

 Fray Gilberto viene a ser el alivio cómico de una película que, más allá de alguna interacción simpática entre Bowen y Draco, sencillamente necesita un personaje como él. Aficionado a la poesía, Gilberto se una a Bowen cuando éste se dedica a cazar dragones, buscando inmortalizar sus gestas en forma de poemas. Posteriormente, acaba luciendo su valía como guerrero con el arco y las flechas cuando toca arrimar el hombre en la guerra contra Einon, demostrándose a sí mismo y al espectador que puede aportar algo a la acción, más allá de ser un mero espectador y escriba. Siempre me ha encantado este personaje, y es el único fraile literal de la Trilogía del Fraile, amén de ser brutalmente diferente de su siguiente personaje dentro de la misma, al cual dio vida apenas un año después del estreno de Dragonheart, siendo además la más taquillera de las tres y la que más de cerca me toca, por motivos bastante obvios si ojeáis algunas de las entradas previas de este blog.

 Roland Tembo es el mejor aporte de El Mundo Perdido: Jurassic Park a la saga jurásica. Eleva escenas de por sí grandes, complementa temáticamente a la que podría haber sido la nada absoluta del personaje de Nick Van Owen (Vince Vaughn), y es una absoluta pena que tanto el tercer acto de la película como las futuras entregas de la saga -que me aspen si no tendría sentido que apareciera en Jurassic World: El Reino Caído– le hayan ignorado tan desvergonzadamente. Sí, Postlethwaite murió hace ya más de un lustro, pero un servidor siempre ha estado a favor de que diversos actores hereden un mismo personaje y… oh, cierto. Perdón, me he ido por las ramas. El caso, que Roland Tembo es la p**a **stia en todoterreno, y un cierre tan bombástico como discreto para la Trilogía del Fraile.

 Siendo El Mundo Perdido: Jurassic Park una adaptación muy libre de la novela homónima de Michael Crichton, es curioso que el mejor personaje de su traslación al celuloide sea totalmente original en la película de Steven Spielberg. Evocando al Capitán Ahab, Tembo se apunta a la cacería de dinosaurios que organiza Peter Ludlow en Isla Sorna con una sola ambición: dar caza a un Tyrannosaurus para así poder retirarse en lo alto de su carrera como cazador. Sin embargo, lejos de ser un villano cliché en la línea de John Clayton en la adaptación de Disney de Tarzán, Roland es uno de los personajes más humanos de la película, demostrando un sentido de la moralidad que lo vuelve gris de una forma tremendamente interesante, con detalles tan simples como intentar que la hija de Ian Malcolm no se entere de la muerte de uno de los miembros de la expedición, o desinteresarse por la captura de su trofeo al saber que en el proceso ha perdido a su mejor amigo. Tembo en cierto modo consigue su trofeo, pero a costa del interés corporativo y de marcharse de Sorna con mucho menos de lo que tenía cuando llegó allí.
Os preguntaréis qué tiene este personaje de fraile, y por qué narices os doy la tabarra con él. Pues os lo explico: durante la secuencia en la que es introducido siguiendo en todoterreno a una estampida de dinosaurios, se refiere a un Pachycephalosaurus como “el de la cabeza con la calva, el que parece un fraile“, en referencia a la forma del cráneo del animal. Es un detalle menor… pero automáticamente, relaciona a Postlethwaite y a su personaje con los frailes, una vez más en un contexto de fantasía/ciencia ficción. Así de simple, vaya. Si es que ya se sabe lo que dicen de los caminos del Señor…

 Y ya está. Sí, la Trilogía del Fraile es una chorrada, pero es el tipo de chorradas que me hacen disfrutar el doble de según qué películas, y me apostaría un brazo a que entre quienes lean estas líneas, habrá quien haya creado sus propias chorradas personales alrededor de determinadas películas, y que  estas les hacen volver a ellas una y otra vez. Dicho todo esto, espero que hayáis disfrutado de mi chorrada personal, y con suerte, que os animéis a dar una segunda oportunidad a alguna de estas películas si en su día no os dijo gran cosa.

Hasta la próxima.