Ni Rey Kenobi, ni Rey Skywalker, ni Rey Corleone. El padre y la madre de Rey, según lo contado en Los Últimos Jedi, son unos chatarreros que la vendieron para pagarse la bebida. Como muchas otras, esta decisión por parte del director y guionista Rian Johnson a la hora de subvertir las expectativas y a la vez mantener una coherencia temática dentro de su propia película fue cuestionada hasta el hastío por parte del fandom. Y la verdad, no lo entiendo. Permitidme explicarme.

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 No soy el mayor fan de El Despertar de la Fuerza. Reintroduce la saga para una nueva generación, presenta personajes con potencial, luce de lujo visualmente, cuenta con un buen factor diversión para un servidor y tiene aspectos meta interesantes como una heroína que vive entre chatarra perteneciente a las anteriores entregas de la saga o un villano que no deja de ser un fanboy de Darth Vader que ni por asomo alcanza a entender al personaje al que idolatra… pero poco más. Seguir tan descaradamente la plantilla de La Guerra de las Galaxias original en mi opinión daña la película, y el uso que da a Leia y Han me parece bastante cutre, amén de que las nuevas adiciones protagónicas se quedan en meras presentaciones de personalidad y potencial futuro, adecuadas y ya. No tenía grandes expectativas con la siguiente entrega de la nueva trilogía, y encima Rogue One me dejó más frío que las gónadas de un wampa. Aparte, Rian Johnson, más allá de que Looper me moló y el final de Breaking Bad me parece un pasote, no me resultaba la elección más inspirada posible para una de estas pelis.

 Y entonces llegó Diciembre de 2017, y vi Los Últimos Jedi. No esperaba una película que me produjera semejante golpe emocional en tantos aspectos, que diera la vuelta a mis expectativas de tantas maneras, que me divirtiera como me divirtió… y que diera en el clavo con una de las cosas que desde 2015 esperé que sucedieran en esta entrega: que Rey, literalmente, acabara resultando ser… nadie.

 Remontándonos a El Despertar de la Fuerza, había una línea en los tráilers, pronunciada por Rey, que ya decía “I’m no one“, o lo que es lo mismo: “no soy nadie“. Desde entonces me picó la nariz, ya que dicha línea no acabó en el montaje final de la película, y el propio personaje estaba empeñado en saber quiénes eran sus padres y por qué la abandonaron. Se pueden decir muchas cosas sobre sus paralelismos con Luke, pero el protagonista de la trilogía original, hasta la gran revelación de Vader en El Imperio Contraataca, no había mostrado mayor interés por sus orígenes que el mero asombro ante lo poco que le contaba Obi Wan al respecto. Su búsqueda iba en dirección al camino Jedi, y no a conocer sus propios orígenes, contra los cuales acababa prácticamente estampándose sin querer.

 Rey, en cambio, recurre al camino de los Jedi para, en caso de poder, averiguar todo lo posible sobre sus orígenes, que en última instancia acaban por ser un completo vacío para ella: sus padres no eran especiales, ni nobles, ni tuvieron una excusa decente para abandonarla en un planeta donde solo conocería pobreza y soledad. Cosa que, en última instancia, refuerza su camino como heroína. A partir del momento en que Kylo Ren le descubre los porqués sobre sus progenitores, estos ya importan más bien poco, y Rey empieza a pensar que tal vez ella sí que tenga más motivos que nunca para ser alguien.


Estamos acostumbrados a héroes que provienen de un linaje especial, y hay un porrón de ejemplos al respecto. El problema es que esto no siempre funciona, y en muchos casos, hasta impide que nos sintamos identificados con determinados personajes. Una de las razones por las que el Spider-Man de las películas que protagonizó Andrew Garfield resultaba algo distante para parte del público fue la dichosa subtrama sobre sus padres, detalle que volvía a Peter Parker un personaje tremendamente especial, incluso antes de ser Spider-Man. Más de lo mismo con la reinterpretación de las Tortugas Ninja de Michael Bay o la actual ida de olla de Scott Snyder con Batman como centro de una conspiración multiversal en las páginas de Metal.

 Afortunadamente, Los Últimos Jedi suda de este tipo de construcción de protagonista. Rey no es una Kenobi, ni una Skywalker, ni ninguna de las cosas que propuso una gran parte del mismo fandom que luego se sintió estafado ante una sorpresa tan genuina como coherente. Porque, repito, la propia Rey dijo en su momento que “no es nadie”. Y no lo es, en efecto. Esto no solo no le impide seguir con su camino como heroína de la Resistencia: lo refuerza. Su pasado ya no es un lastre, sino una hoja en blanco en la que debe empezar a escribir su propio futuro. Cosa que va ligada con el que me resulta el tema más importante de la película: ver el pasado en perspectiva, aprender de él, y mirar hacia el futuro.

 ¿Que por qué tanta gente se sintió estafada por este giro? Bueno, hay muchos factores. El primero que me viene a la cabeza es bastante irónico: un amplio sector de fans “necesitaba” que hubiera un momento “…NO, YO SOY TU PADRE” en esta nueva trilogía, mientras se quejaban a la vez de que los responsables de la misma se dedicaba a calcar las películas clásicas. Y no lo termino de entender. El hecho de que Rey fuera por ejemplo una descendiente de Obi Wan Kenobi genera problemas tales como convertir la Fuerza en algo puramente hereditario para cualquiera que esté conectado a ella, o hacer que la Galaxia en la que se ambienta este universo de ficción se sienta cada vez más pequeña. Por otra parte, está el factor “película cerebral”: se montan su propia película en la cabeza antes de entrar en el cine, si el producto final se sale de lo que imaginaban, pues es una mierda y punto.

 También hay quien dice que es una revelación que traiciona lo planteado por El Despertar de la Fuerza, cosa que me resulta bastante poco pensada. ¿Realmente esa película planteaba seriamente que Rey fuera hija de alguien particularmente conocido dentro de la saga? Para nada. Planteaba que Rey quería saber por qué sus padres la abandonaron, cosa que se remata con la revelación posterior en Los Últimos Jedi, y que hace que los diálogos entre Rey y Maz Kanata cobren un nuevo sentido tremendamente interesante.

 Al final, Rey es precisamente una heroína porque, ante la aparente decepción sobre su pasado, sencillamente elige seguir haciendo lo correcto, porque no hay ya una sola cosa de sus orígenes por la que tenga que seguir mirando hacia atrás. Tiene su futuro delante, y luchar por él es mejor que lamentarse por un aspecto de pasado que desgraciadamente nunca controló y que jamás debería condicionarla en el presente. Y esta es una moralina que de verdad creo que la presente chavalada necesita hoy en día, quizá tanto como la propia franquicia.