Creo que todo esto empezó hace aproximadamente 65 millones de años. Pero claro, desde ese punto hasta ahora, quizá haya pasado demasiado tiempo como para recapitular todo con el nivel de detalle que realmente me gustaría. Así que me toca remontarme a unos años más tarde, concretamente al año 1993. En el verano de dicho año se estrenó Jurassic Park, una película de la que quizá hayáis oído hablar. Dirigida por Steven Spielberg, y basada en la novela homónima de Michael Crichton, en ella se narraba la aventura de un pequeño grupo de visitantes en un parque temático en fase de pruebas, en el cual un excéntrico filántropo había logrado clonar nada menos que dinosaurios vivos para exhibirlos. Al caer la noche durante la visita, un acontecimiento inesperado sumía el complejo entero en el caos.
Y mi vida no volvió a ser la misma.

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Me apena un poco no recordar cuándo en concreto vi por primera vez Jurassic Park. Quizá fue un alquiler que realizaron mis padres, o puede que una de las múltiples veces que la emitieron en televisión tras su paso por cines. El caso es que siempre me resultó absolutamente fascinante: desde los coloridos, parlanchines y por momentos estrafalarios personajes, hasta los paisajes de Hawaii que hicieron pasar por jungla costarricense, pasando por su atmósfera y ambientación, su inolvidable banda sonora, un manejo de la tensión (la escena en la que un señor metía tubitos dentro de un bote de espuma me resultaba fascinante) increíble, lo amenos y a veces casi educativos que resultaban los diálogos y…oh, cierto. Los dinosaurios. El elefante en la cristalería. Casi se me olvidan.

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 La dinomanía es algo que siempre irá de la mano de quien sea que rememore la década de 1990, con un detonante bien fácil de señalar: Jurassic Park. Los saurios prehistóricos se pusieron de moda, y montones de horribles figuras de plástico de mercadillo, colecciones de fascículos sobre paleontología, reportajes, documentales y productos televisivos y cinematográficos surgidos a rebufo, con la magnífica sitcom Dinosaurios del gran Jim Henson como principal abanderada (cuyo comentario social era tan vigente entonces como lo es hoy), se aliaron para hacer que cualquier tapón de preescolar que se sintiera fascinado por estos animales tras ver la peliculita de Steven Spielberg tuviera dinosaurios allá donde mirara. Y yo no fui menos, por supuesto.

 Como buen hijo de 1991, fui consumidor empedernido de todo lo mencionado (gracias mamá, por jamás negarme nada relacionado con este tema), y esto además impulsó muy pronto un amor por la lectura que marcó más de un aspecto de mi vida en adelante. Puedo decir abiertamente que Jurassic Park, aparte de ser una de las películas a las que más tiempo he dedicado en ver una y otra vez a lo largo de mi vida junto a otras privilegiadas como Terminator 2, Depredador, Batman ’89 y Aladdin, definió gran parte de mi existencia. Lo digo sin exagerar lo más mínimo, y todo esto solo fue el principio.

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 Llegó 1997. En este punto, ya con cinco añitos y de cara a cumplir seis a finales de ese año, los recuerdos de mi vida empiezan a ser más definidos. Y sobre 1997 recuerdo bien clara una cosa: El Mundo Perdido: Jurassic Park. Al igual que su predecesora, no pude ver esta película en el cine, ni tampoco tuve ninguno de los (geniales) juguetes oficiales que lanzó Kenner al mercado de cara a promocionar la cinta, salvo por una figurita de imitación de Roland Tembo que perdí hace ya años, la cual a su vez sustituyó a la figura también de imitación de Alan Grant… que también perdí previamente. Pero tenía el álbum de cromos de Bollicao, más reposiciones de viejas películas de dinosaurios de los años 60 y 70 en las cadenas autonómicas, la colección de fascículos de Planeta seguía adelante… aún había dinosaurios por casi todas partes. La película pude verla poco después, cuando me la regalaron en VHS junto con su predecesora, para que pudiera verlas todas las veces que quisiera. Y vaya que si lo hice.

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Ya con siete años sabía que a El Mundo Perdido: Jurassic Park le faltaba “algo” en contraste con Jurassic Park, pese a ser más bombástica, siniestra y cafre que esta. Sin embargo, la disfrutaba y la sigo disfrutando. Mantuvo viva la llama jurásica dentro de la cultura pop y de mi propia vida, y encima me proporcionó más de una buena tarde de sesión doble en las islas Nublar y Sorna. Era una aventura distinta a su predecesora, espectacular por méritos propios y, aunque algo más aburrida en algunos momentos e inverosímil en otros, la disfrutaba. Era feliz con mis dos pelis de Jurassic Park, pero aún quedaba lo mejor: por estas fechas entró en mi vida Cinesaurios.

CINESAURIOS

 Mencioné dicho libro aquí, pero para los menos lúcidos y los más gandules, Cinesaurios es un libro escrito por Adolfo Blanco que habla extensa y detalladamente sobre los dinosaurios y sus familiares temáticos (de índole no siempre prehistórica) a lo largo de la historia del cine hasta la llegada de Jurassic Park. No tenéis ni idea de lo obsesionado que estuve con ese libro durante años. De hecho, aún sigo tratando de ver muchas de las películas que se mencionan en él (hace poco me chivaron que Grizzly está en Filmin y desde entonces me planteo seriamente la suscripción), y diría que mi amor por el cine como espectador y como aficionado a todo lo relacionado con los tejemanejes tras las cámaras, deriva de la lectura casi obsesiva de este libro a lo largo de los años, al cual no habría tenido acceso jamás de no ser por la dinomanía derivada de Jurassic Park.

 En los años posteriores, se sucedieron las nuevas adaptaciones de El Mundo Perdido de Arthur Conan Doyle en televisión y mercado de VHS y DVD, aprovechando el compartir título con el mastodonte en taquilla de Spielberg y Crichton. Y cómo olvidar la maravillosa serie documental de 1999, Caminando entre Dinosaurios. Producida por la BBC, fue popular hasta el punto de tener el privilegio de contar con merchandising propio y considerarse una franquicia por sí misma, con varios spin-off, espectáculos educativos en vivo e incluso un largometraje estrenado en 2013. ¿Cuándo se había visto que un documental lanzara juguetes promocionales en los Happy Meal?.

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 Con menor fortuna, aparecieron varios videojuegos de Jurassic Park por aquella época, cuyo escaso éxito hizo que los dos Dino Crisis que lanzó Capcom al mercado brillaran aún más si cabía, acercando a los jugadores al tipo de tensión y terror que Warpath: Jurassic Park o la propia adaptación El Mundo Perdido: Jurassic Park ni se molestaban en conseguir.
Fue de hecho en Dino Crisis 2 donde comenzó una de las tendencias de principios de 2000 que recuerdo de forma más agridulce: el Tyrannosaurus en la ficción, aparentemente, dejó de molar. En algunos casos, fue sustituido por otros dinosaurios carnívoros similares, como los Carnotaurus en Dinosaurio (que de hecho fueron Tyrannosaurus hasta bien avanzada la producción de la cinta), una producción de Disney que si bien no era mucho más que una versión en esteroides de En Busca del Valle Encantado, supo hacer memorable más de una de sus secuencias y criaturas por méritos propios, entre ellas los susodichos carnívoros cornudos, agrandados de más por cuestiones dramáticas, pero imponentes como ellos solos.

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 En otros casos, al T.rex le tocaba morir a manos de las nuevas incorporaciones depredadoras, como es el caso del absurdamente grande Giganotosaurus del antes mencionado Dino Crisis 2. Y no me malinterpretéis: no es como si un producto de ficción vaya a ser mejor o peor por no contar con un Tyrannosaurus como gran máquina de matar de la función. Sí, las dos primeras entregas de Jurassic Park lo habían cimentado como el absoluto Terminator del Mesozoico, pero la ciencia avanzaba, y para la segunda mitad de la década de los 90, se habían encontrado dinosaurios carnívoros que rivalizaban en tamaño con el rey de los dinosaurios, haciendo que este no fuera ya tan especial al ojo del público. Pero lo que en términos científicos se traslada en un metro más o menos de longitud, o unos kilos de diferencia dentro de animales del tamaño de camiones, en Hollywood se convierte en una diferencia abismal entre animales que, en última instancia, resulta en absolutamente nada si los cineastas no diferencian de verdad a cada criatura entre sí. Al final la tendencia derivó en una necesidad de hacer que apareciera un nuevo dinosaurio chungo, y matara al dinosaurio chungo preexistente solo porque, como dijo Smithers en Los Simpson, “¡…el sombrero es nuevo!“. Y personalmente, era algo que no me gustaba nada.
Agh, qué demonios.
Hablemos de Jurassic Park III.

 Jurassic Park III me dio mala espina desde el principio. Con la versión que hizo Roland Emmerich de Godzilla no tuve problema alguno en su momento: era la prima imbécil pero extremadamente cachas de Jurassic Park y su secuela, y la disfrutaba por ser exactamente eso, un grandes éxitos en esteroides de la dinomanía de la década. Por su parte, Disney estrenó la antes mencionada Dinosaurio. Andé más o menos servido de lagartijos gigantes entre 1997 y 2000, y realmente en aquellos momentos no estaba especialmente expectante por una tercera entrega de Jurassic Park. Pero llegó. Primero, en forma de confirmación por parte de mi profesor de primaria de aquel momento de que la película estaba en pleno rodaje. Y luego, de forma más prominente, en la colección de tazos de cartón que venían con los Phoskitos que compraba para almorzar en el cole. Joder, comí muchos Phoskitos aquel verano.

Recuerdo arrugar el morro por primera vez en lo referente a esta película cuando vi el logo y título. JURASSIC PARK III, sin más. Y con un nuevo dinosaurio en el logo, parecido a Jar Jar Binks. Encima veía los tráilers, y las únicas novedades eran los Pteranodon liándola parda (¡BIEN!) y a un nuevo dinosaurio malote robándole protagonismo al Tyrannosaurus (…ugh). Sí, volvía Alan Grant… pero no sentía realmente que hubiera gancho alguno, más allá de los bichos prehistóricos y el bueno de Sam Neill recuperando a un personaje que, en lo que a mí concierne, jamás debió ceder el protagonismo a Ian Malcolm en la segunda entrega. Fuera como fuera, Jurassic Park III se convirtió en la primera entrega de la saga que pude ver en una sala de cine. Y ahí comenzó la edad oscura.

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Odié Jurassic Park III en su momento. A día de hoy trato de mirarla con mejores ojos, pues le reconozco más de un mérito técnico al equipo de animatronics de Stan Winston y la dirección de Joe Johnston durante algunos tramos de la película. Pero es que aún a día de hoy creo que es una película que no hace prácticamente nada bien. Los personajes secundarios son entre repelentes y absurdísimamente inútiles, Sam Neill hace lo que puede con un Alan Grant completamente desdibujado para como acabó al final de Jurassic Park (exceptuando su relación con Eric Kirby), los dinosaurios están mayormente desaprovechados salvo por la escena en la pajarera y algún momento de los raptores, la escala de los acontecimientos se reducía para con las dos entregas anteriores, carecía por completo de tercer acto, y mi dinosaurio favorito quedaba como un segundón por culpa de una moda estúpida del momento. Quiero decir, ¿no podíamos tener al Tyrannosaurus de toda la vida en tierra y al Spinosaurus, un dinosaurio mayormente piscívoro (y no me vengáis con cuentos, esto se sabía ya años antes del rodaje de esta peli), en el río como sorpresa final? ¿No habría dado eso un tipo de peligro diferente a cada escenario de la isla? ¿No habría sido cualquier cosa mejor que decir a golpes que ahora nos tenía que molar el nuevo juguete que querían vender?

Ignoré el merchandising de esta película a posteriori, salvo por la Dino Dex, que era básicamente como una de las Pokedex de Pokémon pero con dinosaurios, y el Jurassic Park Operation Genesis, un videojuego en el que el jugador se dedica a gestionar su propio Parque Jurásico. Por su parte, los juguetes de esta nueva película en general no me entusiasmaron, con Hasbro empezando a descuidar la línea tras la desaparición de Kenner y yo bastante desinteresado en todo lo que tuviera que ver con la película de la que provenían.

Con los años, supe de la aparatosa producción de Jurassic Park III, y entendí bien rápido por qué sencillamente no funcionaba. Aparte, la muy probable cuarta entrega tardaría en llegar a los cines, tras el traspiés en taquilla de la tercera entrega con respecto a sus predecesoras. Y sencillamente, dejé Jurassic Park en un cajón junto con El Mundo Perdido: Jurassic Park, y con el tiempo asumí que iba a permanecer como algo del pasado que podía visitar de vez en cuando, pero que jamás tendría una segunda vida como la que tuvo durante mi infancia. Sí, de vez en cuando compraba algún libro sobre dinosaurios, alguna figura, incluso visitaba algún museo. También leí las dos novelas originales de Jurassic Park de Michael Crichton poco después del estreno de Jurassic Park III, tras animarme a buscarlos en la biblioteca (cuánto me gustó el primero y qué poquito me gustó el segundo). En cierto modo me sirvieron para quitarme el mono de aventuras en el universo jurásico, pero ya no me interesaba especialmente el futuro de Jurassic Park.

Durante la primera década de 2000, casi todos los años hubo algún rumor, tanto de fuentes fidedignas como basado meramente en efecto teléfono roto por parte de los fans, relacionado con Jurassic Park 4. Algunos incluso provenientes de fuentes como Joe Johnston, Laura Dern, Steven Spielberg, Frank Marshall… Yo no estaba muy contento con el estado en que había quedado la franquicia, y en consecuencia, ni siquiera me hacía ilusión una cuarta entrega. Pero era Jurassic Park, así que por narices me acababa enterando de algo de vez en cuando, y no dudaba en curiosear cuando entraba a Internet.

Los rumores en sí tampoco ayudaban: un día la cosa parecía ir sobre dinosaurios mutantes con ADN humano y armas implantadas, al siguiente alguien hablaba de una intensa escena de persecución entre raptores y motos, como también se comentó algo acerca de una trama relacionada con un virus prehistórico afectando a los dinosaurios de las islas Sorna y Nublar… pero nada salía adelante. Se rumoreó durante bastante tiempo que Joe Johnston seguiría en el puesto de dirección, salvo por los diez minutos aquellos durante los que se estuvo diciendo que Alex Proyas se encargaría de esa tarea. Ni una cosa ni la otra.

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 En 2008 nos llegó la señal definitiva de que Jurassic Park 4 debía posponerse indefinidamente: Michael Crichton y Stan Winston murieron. Dos de las figuras gracias a las cuales Jurassic Park había logrado su grandeza, fallecieron, y la cuarta entrega cinematográfica de esta saga quedó fosilizada para Universal… durante tres años.

 Fue durante la Comic Con de San Diego de 2011 cuando supimos que algo había sobrevivido. Steven Spielberg había logrado que Mark Protosevich, y posteriormente el dúo formado por Rick Jaffa y Amanda Silver, sacaran adelante el esqueleto de una historia acorde con lo que el tito Steven quería poner en pantalla para relanzar la franquicia. Dos años después se confirmó que un director del mundillo indie llamado Colin Trevorrow dirigiría la cuarta entrega de la saga, y que además daría forma a la historia de Jaffa y Silver junto con su compañero de trabajo habitual, Derek Connolly, de cara a estrenarla definitivamente en verano de 2015. En mayo de 2013, vi la primera foto que compartió Trevorrow en su cuenta personal de twitter al respecto del tema, con la palabra “Nublar” como texto. Había empezado. Jurassic Park 4 era era una realidad, y para Septiembre de 2013 ya conocíamos su título oficial: Jurassic World.

Con esta película la cosa fue diferente. El mundo ya no era como en 2001, ni yo no era como en 2001. Seguí la preproducción y producción de Jurassic World casi obsesivamente vía Internet, y a día de hoy me extraña conservar ciertas amistades, teniendo en cuenta lo cansino que fui. Durante el proceso, hice lo posible por leer cada entrevista al director y el reparto que se publicara, ver todos los artes conceptuales que se filtraran, e informarme de detalles de la trama como la presencia de un dinosaurio híbrido experimental, un parque jurásico abierto al público al estilo de Disney World, y que uno de los personajes sería un criador y “domador” de raptores. Lo del híbrido, del que por entonces se sabía que podría llamarse Diabolus rex y que contaba con genes de raptor, sepia, tiranosaurio y serpiente, llevó tanto a un servidor como a otros fans a imaginar más de un diseño muy loco para la criatura cuando especulábamos sobre su aspecto. Algunos de hecho incluso acercándose bastante al aspecto final de lo que después supimos que se llamaría Indominus rex.

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Me mostraba algo escéptico, pero una vez vi los tráilers de Jurassic World, compré los conceptos que me trataban de vender, gracias en parte a una campaña viral impresionante que contó incluso con una web que simulaba la que tendría Jurassic World si fuera un parque temático real, con horarios de las atracciones y publicidad de los espónsores. Además, algo me transmitía ecos de Paul Verhoeven y Joe Dante, cosa que me daba cierto buen rollo. Por no mencionar que volvía B.D. Wong como el genetista Henry Wu, a quien apenas se vio brevemente en Jurassic Park, y parecía que su personaje iba a tener al fin una relevancia en la saga que solo las novelas habían mostrado. Encima, me abrí a la posibilidad de reconciliarme con Bryce Dallas Howard tras “lo de Spider-Man 3“. Que realmente ella no fue para nada responsable de lo que pasó ahí, pero tampoco vamos a hacer ahora como si yo no fuera un manioso de narices. En general, estaba encantado de reencontrarme con la saga, de que volviera a la vida, y salvo el despropósito de línea de juguetes que había organizado Hasbro, todo pintaba genial. Habían pasado catorce años, pero iba a volver a ver una película de Jurassic Park en el cine. Esto era importante para mi, por mucho que hubiese querido disimular. Aunque tampoco me esforcé.

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La semana del estreno de Jurassic World había sido bastante dura por temas personales, pero eso no evitó que mis colegas Gaspar y Manu me gastaran una broma por WhatssApp el día del estreno, preguntándome que cuándo íbamos al parque (refiriéndose al parque de la película, Jurassic World), ni que mi amiga Neus me recordara lo mucho que me gusta esta versión del tema principal de Jurassic Park. Fui a la segunda sesión del día del estreno, el , durante la cual casi muero atragantado con un dorito mientras veía la escena en la que los dos críos llegan al resort y el peque abre la ventana, con Michael Giacchino dándolo todo con la partitura de John Williams.

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¿Fue un peliculón? Nah, no tanto. Pero sí fue una película de acción muy divertida, plagada de humor negro y un interesantísimo subtexto sobre la corporativización de la naturaleza, el espectáculo y la propia Jurassic Park, que rellenó bien mis casillas y cumplió conmigo como espectador y como fan tras el descalabro de la anterior entrega años antes. Me gustó, lo bastante para verla tres veces en el cine, comprarla en formato físico cuando estuvo disponible, y defenderla como buenamente pude en este mismo blog ante algunas de las críticas que recibió. Mi saga favorita había vuelto en buena forma, era un monstruo en la taquilla, y la cosa iba para largo, ya que incluso antes del estreno se hablaba de la potencial secuela, cuyo lanzamiento en verano del presente 2018 se anunció en pleno éxito en cines de Jurassic World. Iba a ver una quinta entrega de Jurassic Parky tenía muchas ganas. Mi yo de 2009 no se habría creído nada.

LOWERY

Durante la espera de cara a la que jocosamente decidí llamar Jurassic Park 5: Jurassic World 2, pronto supe que sería dirigida por un tocayo y paisano mío, Juan Antonio Bayona, y que habría una erupción volcánica en Nublar durante la trama de la misma. No era demasiado fan de Lo Imposible, pero El Orfanato y Un monstruo viene a verme sí que me gustaron, así que todo quedaba en esperar y ver cómo manejaba la historia que planteara Trevorrow. Mientras, saldé algunas cuentas pendientes. Una fue, gracias a una pequeña ayuda de la gran Leticia, conseguir los cuatro episodios de la adaptación oficial al cómic de Jurassic Park, publicado por Topps en 1993 y con titanes de la talla de Walt Simonson, Gil Kane (¡a ese lo tuve en Spider-Man!) y George Perez como autores. Cayeron también las figuras oficiales de Alan y Ellie de Kenner gracias a un vistazo rápido en Wallapop, y el bueno de Javi me ayudó a conseguir el Bull T.rex que lanzó Hasbro en 2009, reciclando y mejorando la versión de Kenner de finales de los años 90 (quizá lo mejor que hicieron mientras fueron dueños de la licencia). Mogollón de merchandising oficial de Jurassic Park que pensé que jamás tendría o recuperaría… en pleno 2017. En fin, mejor tarde que nunca, ¿no?

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Además, se celebró el vigésimo aniversario de El Mundo Perdido: Jurassic Park, a la cual dediqué una revisión y un hilo en twitter hablando de todas las cosas que considero genuinamente guays de esa película, que no son pocas. Es curioso ver cómo el tiempo ha acabado tratándola algo mejor de lo que podría haber pensado hace unos años, pese a su carretilla de problemas (con los cuales en cierta medida coincido, ojo), y a día de hoy dicho hilo me ayudó a conocer más de un nuevo contacto a conservar en dicha red social, como el majérrimo de Carlos.

También leí el guión original de Jurassic Park 4 de John Sayles, germen de la mayoría de nuevos conceptos y varias escenas de lo que acabó siendo Jurassic World. Cerveza en mano, por supuesto, porque vaya majadería. No sé cómo habría encajado en pleno 2005 una película de Jurassic Park en la cual se planteaban secuencias como una operación especial contra un cártel desplegando en paracaídas varios tipos de dinosaurio, o escenas como la del científico diciendo “¡…dale un poco de amor a ese!“, en referencia a las endorfinas que recibían los raptores en dicho guión para ser controlados. Era una demencia, pero una demencia que puso en la mesa ideas con las que jugar con el futuro de una saga que se había estancado durante el comienzo del presente siglo, además de una lectura perfecta para echar unas risas, que además me ayudó a entender mejor cómo Jurassic World había empezado su existencia y sació mi insaciable ansia por conocer detalles de películas canceladas (no me conoces de verdad hasta que no te doy la matraca hablando de Superman Lives).

Nos plantamos en 2018. Jurassic Park cumplió veinticinco años, y esto coincidió con el estreno de su cuarta secuela: Jurassic World: El Reino Caído. La combinación de ambos factores ha dado lugar a uno de los mejores años para todo el colectivo de seguidores de este universo. ¿Lo mejor del asunto, aparte de que entre 20015 y 2018 los dinosaurios han ganado de nuevo una mayor relevancia en el panorama de la cultura pop? Una línea de juguetes increíble por parte de Mattel, que además de compensar el esperpento que realizó Hasbro con los juguetes de Jurassic World, me atrevería a decir que es la mejor con la que ha contado la saga jurásica, de la cual he conseguido ya un pequeño gran conjunto de personajes, vehículos y dinosaurios (y lo que me queda). Y bueno, la película, que es lo importante… bah, qué narices, la película me encantó.

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Puedo ponerle alguna pega aquí y allá a Jurassic World: El Reino Caído, pero la balanza se inclina definitivamente hacia su impresionante aspecto visual, su rescate y aprovechamiento de elementos de las novelas de Crichton, un tramo final que me pone los pelos de punta, un atisbo de futuro increíblemente prometedor de cara a la siguiente entrega (que por desgracia para más de uno llega como una década tarde), y varias mejoras con respecto a aspectos problemáticos de Jurassic World. A día de hoy, es mi secuela favorita de la saga, y en cierto modo me retrotrae a El Imperio Contraataca en algunos aspectos. Me podría explayar más, pero mejor os dejo aquí la reseña que le dediqué en Letterboxd, junto con la promesa de dedicarle una entrada de El Abogado del Diablo en un futuro (lo de algunos críticos me parece de mear y no echar gota), similar a la que dediqué a Jurassic World. No será la próxima, pero es desde ya una de las elegidas.

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En definitiva, tras veinticinco años, estoy muy contento, como fan de la saga jurásica, como aficionado a todo lo prehistórico, y como adulto que se niega a crecer del todo. He visto cinco películas de Jurassic Park en veinticinco años, cada una ha tenido un impacto diferente en mi, cada una ha supuesto una experiencia diferente, y todas han traído algo guay a mi vida de una forma u otra. Por no mencionar que la sexta entrega de la saga se estrena en verano de 2021… y tengo muchísimas ganas de verla.

Sin embargo, a veces pienso que igual todo comenzó un poquito antes de 1993. Pero no millones de años antes, de verdad. Solo un par de años antes, algo después de nacer yo.
 Siendo un bebé, alguien me regaló un peluche que me ha acompañado desde entonces. No estoy seguro, pero podría tener perfectamente algo que ver con todo lo que vino después. La verdad es que me da igual, porque a fin de cuentas, es algo que forma parte de mí en cierto modo, y que siempre estará ahí. Esa sensación de sentirse pequeño ante el tamaño de las eras, mientras juegas con un símbolo de la magnitud de las mismas, quizá sea una de las más poderosas que podemos sentir cuando somos peques. Igual lo suyo es que intentemos no olvidar nunca esa sensación, o al menos, tratar de despertarla de vez en cuando.